El vicio inglés

Ostra Studio

«En las dos primeras ediciones de Las funciones y desórdenes de los órganos reproductivos (1857), Acton incluyó los azotes en el culo como potente causa de excitación sexual entre los jóvenes. Y toda vez que tales castigos estaban a la orden del día en los internados privados del país (preparatory y public schools), así como en el resto de escuelas, recomendó su abolición. Con ello seguía el consejo de un eminente predecesor, el doctor Michael Ryan, que en su libro La prostitución en Londres, comparada con la de París y Nueva York, editado en 1839, había aludido al uso de la flagelación afrodisíaca en muchos burdeles londinenses y observado que la práctica tan común tenía su origen en los azotes aplicados a los jóvenes. “La flagelación y la desnudez son inseparables, y a menudo excitan la erección hasta en niños”, escribe Ryan, y añade: “Los médicos deberían explicar los malos efectos de esta peligrosa costumbre que tanto daña la modestia y los sentidos”.
Acton estaba de acuerdo. “Espero sinceramente – termina su comentario sobre el asunto – que, si vamos a seguir azotando, los golpes se apliquen a las espaldas de los jóvenes, no a sus nalgas”.
Las referencias de Acton a las implicaciones sexuales de la flagelación desaparecieron en todas las ediciones posteriores de su libro, sin explicación alguna. ¿Por qué la supresión? ¿Había recibido protestas de los public schools, de la Marina, del Ejército, de las autoridades carcelarias, de la policía? ¿O de su editor? No lo sabemos. Su posición a favor de abolir los azotes había sido valiente, de todas maneras, ya que, al condenar una práctica omnipresente en Gran Bretaña (y en consecuencia, en el Imperio), Acton la había emprendido contra toda la clase dirigente del país.
Tal clase no le hizo el menor caso. ¿Cómo se podía abolir en las escuelas el castigo de los azotes cuando éstos mismos se recomendaban una y otra vez en la Biblia? La abolición no llegaría, de hecho, hasta finales del siglo XX, ciento cincuenta años después, bajo el mandato del laborista Tony Blair. Como resultado, la clase dirigente de la desdichada isla de John Bull ha sido la más sadomasoquista que conoce la historia. Pero ello no se ha podido decir. Y el que se atreviera a decirlo era metódicamente tildado de imbécil o de deficiente mental. (…)
A partir de Maibom pululan en la literatura europea las alusiones a las connotaciones eróticas de la flagelación. Aquel a quien le interese la cuestión podrá encontrar útil la consulta de mi libro El vicio inglés. Lo que quiero subrayar es que, ya para principios del siglo XIX, se sabía perfectamente en Occidente que los azotes en las nalgas podían producir excitación sexual, incluso en los niños. El testimonio más famoso lo encontramos en Jean-Jacques Rousseau, que en sus Confesiones narra cómo los latigazos recibidos de su institutriz le crearon una obsesión vitalicia.
Los franceses, conscientes del peligro, abolieron los castigos corporales en las escuelas después de la Revolución, a mayor honra. También lo hicieron los progresistas de las malhadadas Cortes de Cádiz. (…)
Pero los tan pudorosos protestantes ingleses seguían sin darse por enterados. En la década de 1860 una comisión educativa francesa logró visitar oficialmente una serie de public schools, superando la inicial oposición de las mismas, y se quedó escandalizada al enterarse de que en estas instituciones todavía se aplicaba el castigo de azotes. En su informe la comisión expresó no sólo su estupor ante tal barbaridad, sino el más contundente rechazo a la misma. Los azotes no eran idóneos ni decentes, dijeron. Y era chocante constatar que, para aplicarlos, había que bajar una prenda que la decencia imperante [inglesa] ni se permitía nombrar (trousers, pantalones). Era degradante, remacharon los franceses, sí, degradante, aquel sistema de castigos. Una vergüenza.
Algo no comentado por aquella comisión, pero sin embargo fundamental, es que en las public schools se permitía a los chicos mayores elegidos como “prefectos” aplicar azotes a los chicos menores. Es decir, no se trataba de una práctica reservada al director o a algunos profesores de dichas instituciones. No cuesta trabajo imaginar lo que significaba otorgar a chicos adolescentes de diecisiete o dieciocho años licencia tan inicua. Y naturalmente, los chicos sometidos a tales castigos soñaban con el día en que pudiesen aplicarlos a su vez. Era un círculo vicioso del cual, en muchísimos casos, nunca habría salida.
Los azotes se propinaban en las escuelas británicas del siglo XIX con dos instrumentos principales: la vara, cane (de bambú o roten) y la vara de abedul, birch (hecha de ramitas de abedul a las que se habían quitado las hojas). Si la vara normal era eficaz contra las nalgas vestidas, al ser muy dura, no así la de abedul, cuyas ramitas, muy flexibles, requerían carne desnuda.
Los azotes de las escuelas privadas inglesas, tanto las public como las preparatory, se administraban muchas veces ante otros alumnos, lo cual añadía un notable factor voyeurístico a la ceremonia. Entre biografías, autobiografías, novelas, obras de teatro, artículos periodísticos, cartas al director y películas hay miles de evocaciones de la misma. Fijémonos sólo en el ritual de Eton College, sanctasanctórum de la flagelomanía británica. Allí los azotes se inflingían con la vara de abedul. El modus operandi seguía un orden preestablecido, siempre el mismo: un breve diálogo entre quien iba a administrar el castigo y la víctima; la orden de bajar los pantalones y de arrodillarse sobre un bloque de madera diseñado ad hoc; la orden de inclinarse; luego la aplicación del castigo. El sentimiento de vergüenza inducido en la víctima por tal exhibición de sus partes privadas era inevitablemente intenso, y si un muchacho se permitía llorar durante el castigo era peor y podía estar seguro de que después sería objeto de burlas por parte de sus contemporáneos. Ser azotado requería como nunca aquel stiff upper lip (labio superior rígido, como señal de no ceder a ninguna debilidad) tan apreciado por los victorianos y sus sucesores. (…)
¿Qué más decir del vergonzoso “vicio inglés”? En un ambiente así la proliferación del mismo era inevitable y las consecuencias para sus víctimas, y luego sus parejas, insondables. La mezcla de vergüenza y excitación producida por la práctica de los azotes era casi imposible de superar, una vez arraigada – el psicoanálisis los comprobaría -, y los flagelómanos eran los últimos que podían admitir abiertamente su condición de tales, como descubrió Freud.
¿Nos equivocamos al creer que todo ello tiene mucho que ver con la famosa “hipocresía inglesa”?»

“El erotómano. La vida secreta de Henry Spencer Ashbee”. Ian Gibson

Fotografías del Ostra Studio (París). El Ostra Studio, creado por los hermanos Biederer, dos inmigrantes checos en París, se especializó durante los años 30 en fotografía y cine erótico. Durante años el estudio inundó de material erótico prohibido toda Europa. El próspero negocio duró hasta la ocupación alemana de Francia, cuando los dos hermanos fueron apresados por los nazis y acabaron su vida en un campo de concentración, no por erotógrafos, sino por judíos.

 

En las dos primeras ediciones de Las funciones y desórdenes de los órganos reproductivos (1857), Acton incluyó los azotes en el culo como potente causa de excitación sexual entre los jóvenes. Y toda vez que tales castigos estaban a la orden del día en los internados privados del país (preparatory y public schools), así como en el resto de escuelas, recomendó su abolición. Con ello seguía el consejo de un eminente predecesor, el doctor Michael Ryan, que en su libro La prostitución en Londres, comparada con la de París y Nueva York, editado en 1839, había aludido al uso de la flagelación afrodisíaca en muchos burdeles londinenses y observado que la práctica tan común tenía su origen en los azotes aplicados a los jóvenes. “La flagelación y la desnudez son inseparables, y a menudo excitan la erección hasta en niños”, escribe Ryan, y añade: “Los médicos deberían explicar los malos efectos de esta peligrosa costumbre que tanto daña la modestia y los sentidos”.
Acton estaba de acuerdo. “Espero sinceramente – termina su comentario sobre el asunto – que, si vamos a seguir azotando, los golpes se apliquen a las espaldas de los jóvenes, no a sus nalgas”.
Las referencias de Acton a las implicaciones sexuales de la flagelación desaparecieron en todas las ediciones posteriores de su libro, sin explicación alguna. ¿Por qué la supresión? ¿Había recibido protestas de los public schools, de la Marina, del Ejército, de las autoridades carcelarias, de la policía? ¿O de su editor? No lo sabemos. Su posición a favor de abolir los azotes había sido valiente, de todas maneras, ya que, al condenar una práctica omnipresente en Gran Bretaña (y en consecuencia, en el Imperio), Acton la había emprendido contra toda la clase dirigente del país.
Tal clase no le hizo el menor caso. ¿Cómo se podía abolir en las escuelas el castigo de los azotes cuando éstos mismos se recomendaban una y otra vez en la Biblia? La abolición no llegaría, de hecho, hasta finales del siglo XX, ciento cincuenta años después, bajo el mandato del laborista Tony Blair. Como resultado, la clase dirigente de la desdichada isla de John Bull ha sido la más sadomasoquista que conoce la historia. Pero ello no se ha podido decir. Y el que se atreviera a decirlo era metódicamente tildado de imbécil o de deficiente mental. (…)
A partir de Maibom pululan en la literatura europea las alusiones a las connotaciones eróticas de la flagelación. Aquel a quien le interese la cuestión podrá encontrar útil la consulta de mi libro El vicio inglés. Lo que quiero subrayar es que, ya para principios del siglo XIX, se sabía perfectamente en Occidente que los azotes en las nalgas podían producir excitación sexual, incluso en los niños. El testimonio más famoso lo encontramos en Jean-Jacques Rousseau, que en sus Confesiones narra cómo los latigazos recibidos de su institutriz le crearon una obsesión vitalicia.
Los franceses, conscientes del peligro, abolieron los castigos corporales en las escuelas después de la Revolución, a mayor honra. También lo hicieron los progresistas de las malhadadas Cortes de Cádiz. (…)
Pero los tan pudorosos protestantes ingleses seguían sin darse por enterados. En la década de 1860 una comisión educativa francesa logró visitar oficialmente una serie de public schools, superando la inicial oposición de las mismas, y se quedó escandalizada al enterarse de que en estas instituciones todavía se aplicaba el castigo de azotes. En su informe la comisión expresó no sólo su estupor ante tal barbaridad, sino el más contundente rechazo a la misma. Los azotes no eran idóneos ni decentes, dijeron. Y era chocante constatar que, para aplicarlos, había que bajar una prenda que la decencia imperante ni se permitía nombrar (trousers, pantalones). Era degradante, remacharon los franceses, sí, degradante, aquel sistema de castigos. Una vergüenza.
Algo no comentado por aquella comisión, pero sin embargo fundamental, es que en las public schools se permitía a los chicos mayores elegidos como “prefectos” aplicar azotes a los chicos menores. Es decir, no se trataba de una práctica reservada al director o a algunos profesores de dichas instituciones. No cuesta trabajo imaginar lo que significaba otorgar a chicos adolescentes de diecisiete o dieciocho años licencia tan inicua. Y naturalmente, los chicos sometidos a tales castigos soñaban con el día en que pudiesen aplicarlos a su vez. Era un círculo vicioso del cual, en muchísimos casos, nunca habría salida.
Los azotes se propinaban en las escuelas británicas del siglo XIX con dos instrumentos principales: la vara, cane (de bambú o roten) y la vara de abedul, birch (hecha de ramitas de abedul a las que se habían quitado las hojas). Si la vara normal era eficaz contra las nalgas vestidas, al ser muy dura, no así la de abedul, cuyas ramitas, muy flexibles, requerían carne desnuda.
Los azotes de las escuelas privadas inglesas, tanto las de public como las preparatory, se administraban muchas veces ante otros alumnos, lo cual añadía un notable factor voyeurístico a la ceremonia. Entre biografías, autobiografías, novelas, obras de teatro, artículos periodísticos, cartas al director y películas hay miles de evocaciones de la misma. Fijémonos sólo en el ritual de Eton College, sanctasanctórum de la flagelomanía británica. Allí los azotes se inflingían con la vara de abedul. El modus operandi seguía un orden preestablecido, siempre el mismo: un breve diálogo entre quien iba a administrar el castigo y la víctima; la orden de bajar los pantalones y de arrodillarse sobre un bloque de madera diseñado ad hoc; la orden de inclinarse; luego la aplicación del castigo. El sentimiento de vergüenza inducido en la víctima por tal exhibición de sus partes privadas era inevitablemente intenso, y si un muchacho se permitía llorar durante el castigo era peor y podía estar seguro de que después sería objeto de burlas por parte de sus contemporáneos. Ser azotado requería como nunca aquel stiff upper lip (labio superior rígido, como señal de no ceder a ninguna debilidad) tan apreciado por los victorianos y sus sucesores. (…)
¿Qué más decir del vergonzoso “vicio inglés”? En un ambiente así la proliferación del mismo era inevitable y las consecuencias para sus víctimas, y luego sus parejas, insondables. La mezcla de vergüenza y excitación producida por la práctica de los azotes era casi imposible de superar, una vez arraigada – el psicoanálisis los comprobaría -, y los flagelómanos eran los últimos que podían admitir abiertamente su condición de tales, como descubrió Freud.
¿Nos equivocamos al creer que todo ello tiene mucho que ver con la famosa “hipocresía inglesa”? 

“El erotómano. La vida secreta de Henry Spencer Ashbee”. Ian Gibson

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Un comentario en El vicio inglés

  1. Un post realmente curioso y entretenido, pero lo que más me ha gustado han sido las fotos, de hecho se lo he enviado a un amigo que le va el tema (y no es inglés). ¡Suerte con tu blog! Un saludo.